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Araceli Ravetti, autor de Pierre Menard, autor del Quijote

  • 16 feb
  • 5 Min. de lectura

Jorge Luis Borges, en su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, logra uno de los ejercicios literarios y filosóficos más brillantes del siglo XX: demostrar que la interpretación, más que el texto, es lo que verdaderamente construye la obra. Menard no quiere copiar el Quijote ni homenajearlo; quiere escribirlo de nuevo, palabra por palabra, pero desde sí mismo, como escritor francés del siglo XX. Esta premisa, absurda en apariencia, habilita una reflexión profunda –y con una ironía típicamente borgeana– sobre cómo el contexto, la subjetividad y la historia transforman el sentido de un texto aunque las palabras permanezcan idénticas. Así, Menard termina siendo un autor más “profundo” que Cervantes, aunque escriba exactamente lo mismo. Borges se ríe, pero lo hace pensando.El gesto de Menard funciona como una crítica al canon literario y, al mismo tiempo, como una burla elegante al modo en que la crítica académica muchas veces sobre interpreta. Un pasaje simple del Quijote –por ejemplo, una reflexión de Cervantes sobre la historia y la verdad– se vuelve, en Menard, una declaración de modernidad, un comentario sobre la filosofía del lenguaje o incluso una anticipación al existencialismo. No porque el texto cambie, sino porque el lector cambió. Borges parece sugerir que cada generación, cada época, e incluso cada lector, reescribe los clásicos sin necesidad de modificar una sola letra. Menard no escribe el Quijote: lo vuelve otro por el simple hecho de leerlo desde otro lugar.Esta operación abre una puerta fascinante para la filosofía latinoamericana. Nuestra tradición intelectual, más de una vez, ha debido pensar su lugar en relación con discursos importados: europeos, anglosajones, coloniales. ¿Qué es la filosofía latinoamericana sino un permanente ejercicio “menardiano”? Se toman teorías ajenas –Marx, Kant, Heidegger, Sartre–, pero al aplicarse en suelo americano, entre criollos, pampas, dictaduras, repúblicas jóvenes y desigualdades eternas, se convierten en algo distinto. En este sentido, América Latina no copia: traduce, reinterpreta, reescribe sin reescribir. Exactamente como Menard.


La misma idea puede extenderse a Borges y al lugar central que ocupa en nuestra cultura. A primera vista, Borges parece un escritor europeo viviendo accidentalmente en Buenos Aires: cita a los clásicos, escribe como un académico de Oxford, y se mueve entre laberintos, bibliotecas infinitas y espejos metafísicos. Sin embargo, es esa tierra periférica la que le da perspectiva. Borges es latinoamericano justamente porque lee a Europa desde afuera, desde el margen, desde el lugar no previsto. Su literatura funciona como una demostración de que la universalidad puede surgir también desde la periferia, y que la identidad no se afirma únicamente hablando de gauchos o selvas, sino leyendo el mundo desde una geografía distinta. Borges no necesita inventar un nuevo canon: basta con leer el mismo canon como nadie lo había leído antes. Menard lo hubiera aplaudido.Desde esta perspectiva, el cuento puede leerse como una teoría irónica del conocimiento y una filosófica del texto: no importan ya únicamente los autores, sino sus lectores; no importa el origen de las ideas, sino las traducciones que circulan y se reactivan en cada contexto. El gesto de Borges es profundamente moderno e incluso posmoderno: muestra que ninguna obra es definitiva, que todo texto es un archivo abierto y que el sentido se construye en la relación entre palabras, historia y sujeto. Pierre Menard demuestra que leer es reescribir, que interpretar es producir mundo, y que, si se exagera un poco, cada estudiante que “recicla” un párrafo para entregar en clase está, secretamente, haciendo una genial operación borgiana, aunque el profesor no se dé cuenta.


Entonces, Pierre Menard, autor del Quijote no es únicamente una sátira literaria, sino una reflexión filosófica de enorme potencia: cuestiona la autoridad del original, ridiculiza la obsesión por la fidelidad textual y celebra el rol transformador de la lectura. En América Latina, donde las ideas siempre han viajado, cambiado de idioma, de contexto y de temperatura, el cuento resuena de forma particular. Menard se convierte, así, en el santo patrono del pensamiento periférico: el escritor que demuestra que no hace falta inventar todo desde cero para crear algo nuevo. A veces, basta con volver a decir lo mismo… desde otro lugar. Y eso, Borges lo sabía mejor que nadie.


Apartado en clave paródica: “Araceli Ravetti, autor de Pierre Menard, autor del Quijote

La crítica latinoamericana ha ignorado por siglos la figura monumental de Araceli Ravetti, quien, siguiendo la línea heroica de Pierre Menard, decidió no comentar Pierre Menard, autor del Quijote, sino reescribirlo. Su proyecto, tan ambicioso como desesperadamente inútil, consiste en componer una versión del cuento de Borges con exactamente las mismas palabras… pero producidas desde su teclado, terminando el año 2025, en plena era de inteligencia artificial, gobernados por un gatito mimoso y las redes sociales. Esto, como bien revelaría cualquier analista cultural con doctorado y pocos amigos, transforma por completo el sentido del texto.


Cuando Borges escribe sobre Menard intentando reescribir el Quijote, lo hace desde la Argentina de 1945, donde las mayores distracciones eran los cafés literarios, la política turbulenta y la eternidad de las bibliotecas. En cambio, cuando Ravetti reescribe a Borges, lo hace desde una habitación con el celular vibrando por notificaciones, una notebook abierta y el navegador con 15 pestañas abiertas en simultáneo. El contexto, como diría Borges parpadeando en la eternidad, modifica el significado.


Así, un pasaje como:

“La obra visible que dejó este novelista es acaso menor que el vasto proyecto que fue su vida.”

En Borges se refiere a Menard; en Ravetti, en cambio, se convierte en una crítica velada a todo estudiante que entregó el trabajo final cinco minutos antes del cierre, habiendo producido apenas nueve párrafos, pero soñando con una tesis que “algún día cambiará la filosofía latinoamericana”. No es el mismo texto: es el mismo texto reinterpretado ontológicamente por la angustia estudiantil, lo que claramente lo enriquece.

Críticos imaginarios ya han señalado que Ravetti, en su reescritura total del cuento (que todavía no existe en la realidad empírica, pero existe plenamente en potencia aristotélica), logra algo que Borges no había intentado: convertir a Menard no solo en un escritor moderno, sino también en un usuario obligado a trabajar bajo la vigilancia de un sistema de IA que le sugiere sin piedad “reformule esta frase para mayor claridad”. En este nuevo contexto, reescribir no es solo una proeza literaria: es una lucha ontológica entre el sujeto y el corrector automático.


En este sentido, Ravetti no solo homenajea a Borges, sino que lo supera modestamente, puesto que reescribir Pierre Menard en 2025 es muchísimo más difícil que escribir el Quijote en el siglo XVII. Después de todo, Cervantes no tenía que lidiar con la tentación de copiar y pegar. Su odisea era humana; la del estudiante moderno es digital, psicológica y, a veces, desesperadamente cómica.


Lo importante, finalmente, no es si Ravetti logra o no completar su empresa titánica –nadie completó nada en la universidad sin varios litros de café– sino lo que revela su acto filosófico: que toda lectura es reescritura, toda interpretación es creación y toda entrega académica es, de algún modo, un acto heroico digno de figurar en “El Aleph”.


Y si Borges volvió a Cervantes y Ravetti vuelve a Borges, es muy probable que dentro de cincuenta años un estudiante vuelva a Ravetti para reescribir este mismo análisis, palabra por palabra, pero desde Marte, en una universidad colonizada por Elon Musk. Y la crítica, nuevamente, encontrará significados donde nunca los hubo.


Porque, como Borges sabía y Menard intuyó, los textos no cambian: cambiamos nosotros. Y el corrector ortográfico, lamentablemente, también.


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